Las Emociones, los Sentimientos y la Salud

La vida afectiva en los seres humanos, caracterizada como un fluir continuo de emociones y sentimientos dispares, que determinan nuestro estado de ánimo, nos diferencia de los restantes seres vivos, tanto o más que los aspectos cognitivos del pensamiento y la razón. El binomio razón/sentimientos y el mantenimiento de un adecuado equilibrio entre ambos, es decisivo para nuestra salud mental… y física.

Durante siglos se consideró que la razón y el pensamiento residían en el cerebro, y las emociones y sentimientos en el corazón, ya que cualquier disturbio emocional provocaba una percepción inmediata de los latidos cardiacos, que se hacían más frecuentes e intensos. Hoy sabemos que ello es debido a la liberación brusca de adrenalina y noradrenalina en respuesta al estímulo emocional, y que tanto nuestros afectos, emociones y sentimientos, como  nuestra capacidad de raciocinio, radican en el cerebro, y que tanto el corazón… como la luna, seguirán siendo sólo el destino romántico de nuestros anhelos e ilusiones.

La educación afectiva que recibimos en nuestra infancia, va a condicionar la capacidad de expresión de nuestros sentimientos a lo largo de la vida. Desde la infancia se ha educado a los niños de ambos sexos de manera discriminatoria, “los niños no lloran”, y ello ha provocado que en los varones tanto en la juventud como en la etapa adulta, se sienta vergüenza de la exteriorización de nuestros sentimientos, incluso en momentos  de pena y tristeza extrema.

En nuestros genes siguen escritos los mismos mecanismos de respuesta ante las emociones negativas: el miedo, la ira y el asco, que permitían la supervivencia a nuestros ancestros primitivos (el miedo mediante  la huida, la ira mediante el ataque, y el asco provocando el vómito, ante el riesgo de envenenamiento). Para ello se dispone de “el sistema límbico” (el cerebro emocional) con numerosas estructuras cerebrales interconectadas, siendo la amígdala la principal implicada en la respuesta de huida inmediata ante una emergencia, un incendio, un ataque de una fiera, una serpiente, etc.

Pero para la supervivencia del individuo  también son necesarias las emociones positivas, como el placer producido por la comida (tras etapa de hambre) o la bebida (tras la sed), o la carrera para cazar (hoy sólo lo experimentan los que hacen “footing”), y hoy sabemos que esa sensación de bienestar, se produce por la liberación de dopamina, desde lo que llamamos centro de recompensa, o “núcleo accumbens” y finalmente para la supervivencia de la especie, es necesaria la emoción positiva manifestada en el placer sexual.

Con el desarrollo evolutivo del cerebro nos hemos ido enriqueciendo con emociones  y sentimientos nuevos, específicos de los seres humanos, unos positivos como la alegría, el entusiasmo, el optimismo, el amor, la esperanza, y otros negativos, como la envidia, la ansiedad, la desconfianza, la violencia, el rencor, la venganza, etc.

Hoy día sabemos que en nuestro cerebro se segregan continuamente una serie de sustancias, los neurotransmisores, que son determinantes de nuestro estado de ánimo. La serotonina mantiene el tono vital, su descenso nos conduce a la apatía y a la depresión, y su incremento es la base de los tratamientos farmacológicos antidepresivos. La  noradrenalina facilita las conexiones neuronales y aumenta nuestra fluidez mental y estado de alerta. La liberación brusca de dopamina produce sensación de bienestar.  La fenilalanina se libera con la pasión del enamoramiento. Las endorfinas son sustancias analgésicas, que en el cerebro producen sensación de bienestar, paz y relajación. La oxitocina se libera con el cariño, la ternura, y su máxima expresión está en la relación mamá-bebé.

Los humanos disponemos de unas neuronas especiales llamadas “neuronas espejo” que son la base de nuestra empatía, y con ella la posibilidad de compartir los sentimientos de felicidad o sufrimiento ajenos. Si nos introducimos en un grupo en el que todo el mundo está riendo a carcajadas, nos ponemos a reír sin necesidad de enterarnos de qué va, y lo mismo podemos compartir el sufrimiento sin experimentarlo, cuando nos enteramos de una tragedia. Un rasgo diferencial de los psicópatas parece ser la carencia de empatía, no comprenden el sufrimiento ajeno y por ello no tienen sentimiento de culpa, ni se arrepienten.

Son las emociones y sentimientos los que nos van a hacer gozar o sufrir, no el razonamiento o el intelecto, aunque el afán de aprender  y el continuo  descubrimiento de cosas nuevas, también genera placer, y ello debería ser la base de la enseñanza de nuestros jóvenes.

En nuestro entorno social, muy condicionado por los medios de comunicación, existe desgraciadamente un predominio de sentimientos negativos, como el “cabreo”, una sensación de estar siempre irritado, sin causa aparente en numerosas ocasiones, la envidia (la más frecuente), la desconfianza, el miedo, que  paraliza el presente y llena de malos augurios el futuro. Todo ello puede generar un estado de ansiedad, pesimismo e insatisfacción que empobrece el transcurrir de nuestra vida.

Es necesario cambiar el “chip”. En el cerebro no caben sentimientos antagónicos, y la forma de luchar contra la tristeza es generar emociones y sentimientos positivos, como  la alegría, la risa, el buen humor, el entusiasmo,  la ilusión, o el orgullo por las cosas bien hechas, la amistad y mantener la esperanza.

El pensamiento positivo no sólo te hace vivir más feliz, sino que mejora tu salud física mejorando tu sistema inmunológico, haciéndote más resistente a las infecciones y prolongando tu vida, y lo que es más importante, la calidad de vida.

En definitiva, que debemos aprovechar y disfrutar todas las emociones que despierten sentimientos positivos en nuestro ánimo, lo que nos ayudará a mejorar nuestra salud física y mental.

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